Adopté una gata que se llamaba Samantha y ese fue el escape lírico: los
poemas de Sam son conversaciones con un animal. Un soliloquio, a manera
práctica. Escribir ese libro, ese enorme libro, fue el ejercicio más
doloroso que hice hasta ese entonces. Cosa que he venido repitiendo cada
vez que puedo: el dolor como bujía de la incandescencia creativa.
En
ese entonces Los Poemas de Sam, tenían cerca de tres cuadernos (sí,
escribía a mano) sobrevivieron apenas un manojo para hacer el poemario.
El resto, no valía la pena de ser publicados. O talvez sí, pero ya es
demasiado tarde: regalé los cuadernos y no tengo memoria a quién.
Pero ahora recibo una llamada de Villacinda y me avisa que lo tiene a
la mano, que lo regalemos, que
liberemos. Los Poemas de Sam nuevamente al ciberespacio y siempre bajo el
sello original. Así que aquí está, conozcan la segunda edición digital
de mi primer libro que tanto amo.
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